EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017

domingo, mayo 28, 2017

MARCIAL LALANDA HABLA DE TOROS (PARTE II)

II. EL GANADO "DE ENTONCES" HACÍA IMPOSIBLE EL TOREO MONÓTONO 

"En el toro de edad reglamentaria y casta poderosa, la arrancada era larga y la sensación de riesgo tan impresionante, que producía no sólo en el torero, sino en el propio espectador ese temblor de nervios que era conciencia de la Fiesta."
Valentía.- Pese al respeto que los toros imponían, salía el torero bravo, valiente, arriesgado. Marcial Lalanda embarcaba de esa forma al enemigo cuando toreaba de rodillas. Una estampa digna de elogio.
JUAN NECESITÓ DE JOSÉ Y JOSÉ DE JUAN
¡AQUELLOS TOROS!
Aquellos toros (bravos o mansos), ciertamente menos bravos que los actuales, pero todos toros, hacían imposible el toreo monótono, repetido, editado muchas veces en la rotativa del tedio. Este manido modo del toreó actual carecía de posibilidades porque el toro (nuestro toro) se negaba a ello. Sus distintas condiciones de bravura requerían toda la técnica conocida y por conocer; no ya para, hacer el toreo, sino para dominar al toro, que estaba en situación muy superior al torero, porque el toro no tiene el complejo del miedo, que es lo que mengua las facultades del torero. Con aquel toro (diriamos irreconciliable con el torero) se hizo presente JOSÉ, el de la sapiencia tranquila; pero como JOSÉ no tuvo maestro en el ruedo, tuvo que dilucidarlo todo él por iniciativa y resolución propias. De ahí que, para mi entender, JOSÉ FUESE ESE GRAN IDOLO que en cualquier disciplina del saber aparece en el justo momento que se precisa.

BOMBITA se fue con sus lances largos y compostura descuidada; con sus pases de sujeción escasa; de poco temple y distancia más que prudente, aun estando, según decían, más cerca de los toros que sus compañeros de tiempo y tarde. El toreo de BOMBITA fue un toreo determinado en conseguir el dominio más que la docilidad del toro ó el avenimiento a la voluntad del torero.

No sé si por mi poca edad no supe ver otra cosa o que realmente no había otra cosa que aquella manera de torear; pero aun no habiéndolo, hubo, sin embargo, lo que yo llamo preliminar lección para quienes detrás venían. Con el BOMBA también se fue MACHACO, el de la espada segura, tan segura que en ella comenzaba y terminaba todo cuanto de bueno tuvo en su proyección taurina. 

Creo que una y otra marcha de los ruedos supuso nada más y nada menos que la conclusión de un tiempo de difícil definición y el comienzo del que llegó a ser consumación del toreo. 
JOSÉ Y JUAN
JOSÉ llega cuando feneció el período propio que toda continuación impone. JOSÉ, en sus comienzos realiza, superándolo, todo lo que vio hacer a los que se iban: todo lo supera y lo modifica.

Como sabio que era, introduce en su manera de torear cuanto en BELMONTE ve de extraordinario (de fenomenal), y lo introduce más por lo que tenia de fundamental, que por lo que de espectacular tuviese, aunque al público sólo lo último le entusiasmaba. De ahí mi tesis en el acierto de la denominación de LOS DE JOSÉ Y JUAN, porque sin JUAN, JOSÉ no hubiera podido ser otra cosa que lo que los demás habían sido; comJUAN, sin la presencia de JOSÉ, no hubiera logrado, como otros antes que JUAN, sacar adelante igual o parecido toreo. Fue, por tanto, providencial que un torero de la categoría de JOSELITO se encontrara con el torero que en JUAN había, ya que entrambos señalaron él camino hacia la cumbre de la tauromaquia. Creo, sencillamente, sin la coincidencia de estos dos fenómenos el toreo hubiera sido prácticamente como hasta entonces. Se hubiera mantenido en la antigua técnica y en los mismos terreros. Pero Joséposiblemente el primer admirador de BELMONTE, en aquel difícil momento para él y para la Fiesta, interpreta concienzudamente el difícil y novísimo juego de BELMONTE, adaptando el toreo técnico, de dominio absoluto, a los terrenos se marcan el sitio de torear de BELMONTE. Es entonces cuando el toreo entra en una evolución ascendente.


Más que su estilo, lo que BELMONTE hizo cambiar al toreo fue su forma de torear. El estilo, su estilo, lo impuso la forma, no al contrario. Fueron normas que con anterioridad a él rara vez, y en suertes sueltas y difusas, se había ejecutado. De ahí que al fundirlas en faena continuada, en ligazón concienzuda, se denominase «estilo belmontista». Para mí, lo más impresionante de este torero es que en su forma de hacerlo sobre los brazos y frente a la parte de la cara del toro, donde el toro tiene todas las posibilidades de obligar al torero a una rectificación (que BELMONTE no rectificó nunca), resolvió la dificilísima situación tan sólo con no moverse mientras adelantaba el engaño, «cargando» la pierna en el momento que el toro se «embarca» en el viaje. La esencia de JUAN estaba en que templaba hasta el embroque, el momento más arriesgado de la suerte, ya que hasta aquí todo es realizado por delante, siguiendo en el mando trazado con los brazos y las muñecas en armonía con la cintura, hasta la conclusión; logrando de aquella manera lances y muletazos de grandes dimensiones longitudinales, y por el terreno en donde estaba, le era fácil la ligazón de toda una serie de pases con sólo cargar de nuevo la pierna contraria en aquellos inverosímiles terrenos en los que JUAN se ponía, dando gracias a la ciencia de hacer realidad lo imposible.

He aquí la perfección de las suertes del toreo a que llegó JUAN.


Advierto que, técnicamente, esta forma de torear sólo puede hacerse con reducido número de toros; pero hubiera bastado con que JUAN se lo hubiera hecho a uno sólo, para que el arte del toreo hubiese llegado, como llegó, a la perfección. Y no se lo hizo a uno, sino a muchos. Alguien le criticó que esto lo hacia de tarde en tarde, no teniendo en cuenta las dificultades de los toros: corpulentos, cornalones, con casta, fuerza y, sobre todo, con el sentido de la mayoría de edad.

El toreo había dado el paso gigante que necesitaba. A JOSÉ y a JUAN les restaba únicamente depurar todas y cada una de las ejecuciones de las suertes. Cuando iban camino de ver cumplidos sus deseos sucede lo imprevisto: a JOSELITO lo mata un toro. ¡Jamás lo hubiese creído!


Ver a JOSELITO mirar al toro era para mí, una lección de principal importancia. JOSÉ nunca perdía la cara al toro, incluso cuando otros estaban toreando. Era una tensión la suya en la vigilancia del toro, propia de un ser "superior. Y, sin embargo, sucedió lo imposible, lo que no podía suceder: que le matara un toro.
Sucedió porque tenía que suceder; quién sabe sí para bien de la Fiesta o porque la Fiesta necesitó ese bien. Esto sonará a blasfemia. Sin embargo, nadie negará que desde su muerte y por su muerte, la Fiesta se ha conocido mejor se ha hecho un público mejor y, en fin, hasta los toreros aprendimos a entender razones que comenzaban en la tesis de la invencibilidad del toro y terminaban en la invulnerabilidad de la técnica.


JOSELITO, desde que dio su primer capotazo hasta el no poderse ir del toro y morir en él, fue un milagro que no se ha sabido desentrañar y que si yo fuese escritor quizá osase desentrañarlo o acercarme a ello.

He explicado mi opinión sobre la honda transformación de la forma de torear de aquellos dos colosos y a donde llevaron el toreo sin disminución del toro, sin quitarle riesgo. Uno y otro, y el uno por lo del otro, hicieron posible que el arte de torear sobre los brazos, a base de valor. se conjugara con la técnica, refundiendo los terrenos de toro y torero.

Muerto JOSE la Fiesta quedó incorporada a lo que JOSÉ y JUAN había aportado. Los toreros (y yo entré entonces en la liza y sentí más que nadie la falta del maestro, mi único maestro) que habíamos aprendido de los dos genios cuanto sobre el ruedo uno y otro habían puesto, primero lo sostuvimos, y, más más adelante alguien hubo que lo elevó a la armonía. Unos seguimos a JOSÉ; otros, como sucedió con el toreo de Antonio Márquez, aunque si la arrogancia torera y la vistosidad temeraria, siguieron a JUAN.


Pero los errores, como Benavente dijo por entonces, son los imitadores, aunque en los toreros del año 20 hubo continuación y no imitación; una continuación amarga, más que difícil. Faltaba el guía, que no se había ido, sino que había muerto cuando su vida la necesitábamos más, cuando todos creíamos en él. JOSE el invencible era el único seguro ante los toros, que conocía y amaba.

SEGUNDA EPOCA DE MIS CINCUENTA ANOS DE VER TOROS
Desde la trágica tarde de Talavera hasta el año 36 (sin anular la lidia, porque el toro no lo permitía), yo entiendo que fue la época en la que el estilismo prevalece sobre el aparato de tragedia que hasta entonces había sido tónica espectacular del toreo. El mismo BELMONTE lo entiende así y su toreo es otro. Los toreros de aquellos quince años dimos a cada suerte lo máximo en arte que toleraba el toro, y como las suertes eran más largas, comenzaban desde muy lejos y terminaban un cuerpo más allá del toro, y según la casta, se templaba la embestida; cada lance, cada muletazo eran una parte triple de lo que terminaron por ser en la época siguiente. Ante un toro de cuatro o cinco años, con la casta, el poder, la edad y el peligro del sentido que desarrolla, suponía unas ascensión considerable sobre lo que hasta entonces había sido el toreo. La exquisitez del nuevo estilo justifica la digna continuación del tiempo de JOSE y JUAN; pero como es propio en toda estilización, ésta produjo una tendencia a lo decadente, imperceptible para el público, pero real. A más arte, más distracción del público en la profundidad de la técnica. Sin sacrificar la verdad a la apariencia, ya que aunque lo quisiera no podría hacerlo, puesto que aquel toro no hacía concesión alguna, los toreros fuimos evolucionando la lidia a cambio de la fioritura, la estética en el lucimiento, superándolo como nunca, porque si es verdad que hoy se compone la figura más bonitamente, verdad es también que se hace por mejoramiento evolutivo de lo que en herencia les dejamos. La línea es la misma; el ritmo, no.


En la actuación de estos quince años tuvimos que resolver el difícil problema que JUAN y JOSÉ habían dejado con la innovación del estilismo, sin que el toro perdiese un ápice de su presencia, poder y trapío. Y como aquel toro no estaba hecho a la medida del torero, cada vez que la puerta del toril se abría teníamos que dar la medida que el toro exigía, por lo que se impuso la ciencia de reducir a la bestia hasta que ésta terminaba por ser como el torero quería que fuese. Y esto de la reducción hábil fue lo que originó, con grandes triunfos, grandes fracasos, como sucedió con el toro «Tapabocas», de Urquijo, que de no haberle tocado en suerte (o en mala suerte) al maestro de Borox, posiblemente figuraría como fatídico en la historia de la tauromaquia; porque para no ser víctima de la bravura encastada, avalada por el excepcional y arrollador poder de aquel toro fue preciso un torero de las dimensiones de Domingo Ortega. El público le chilló mucho, tanto como yo le aplaudí y le sigo aplaudiendo, porque creo que sé lo que el toro fue en voluntad de ataque y en sentido. Y no digamos de aquel toro llamado «Amargoso», de Albayda, que yo maté unos años antes... De los ocho o diez toros excepcionales que he visto en mi vida, el «Amargoso» aquel fue uno de los que con su excepcionalidad en todo ofreció dificultades insuperables. Embestía desde muy largo como un bólido, frenaba tan cuanto llegaba a mí y corneaba mis movimientos con tanta fiereza que redujo, primero, mi coraje; después, me venció el ánimo, y cuando ni una cosa ni otra me quedó, opté por meterle la espada. Murió sin que nadie supiera lo que el toro podía haber sido, y se escribió que era un marrajo, que si estaba o no toreado; pero yo sé lo que el toro fue: un toro bravísimo, con bravura de la mala, de la que va por el torero que le falta eso que no se compra en las ferreterías: él valor. Para reducirlo yo sabia lo que debía hacer, y no me atreví a hacerlo. Bastaba con que le hubiera adelantado la pierna al mismo ritmo de la muleta, haciendo un cruce espeluznante para que el toro, embalado en su velocidad, hubiera seguido el engaño de pierna y trapo hasta el último alcance de sus pliegues; y repitiendo la suerte cuantas veces hubieran sido precisas, y a la velocidad que imponía el toro, se me hubiese entregado. No lo hice, y el toro cargó con el mochuelo, que en lo íntimo de mi conciencia llevo encima.

Y, como «Tapabocas» y «Amargoso», fueron «Bravio», de Santa Coloma, que dio la impresión de ser intoreable porque Saleri II no supo verle hasta cuando ya no tuvo remedio. Y no digamos aquel otro, de la misma vacada, que a JOSELITO, en 1917, le puso en el trance de que se lo jugase todo o lo matase, y su sapiencia le aconsejó lo último, matándolo de un bajonazo. Yo lo vi, y fue aquel día cuando salí de la plaza convencido de la grandiosidad del de Gelves.
¿Cuántos toros como éstos daban la impresión de intoreables y no lo eran? Muchos. Y diréis: ¿es que quieres que vuelvan a los ruedos aquellos toros? ¡PUES, SI! Porque aquellos toros daban la tónica de lo que la Fiesta debe ser; descubren lo que el torero es, y el público vive en toda su intensidad la grandeza de lo que él hombre debe ser, por mucho que la fiera sea. Los aficionados que no se reconfortan con estas emociones son culpables de las decadencias actuales de la Fiesta. 

Podríamos seguir relatando sucesos de esta naturaleza, pero no terminaríamos hoy y tengo que hablar, decir algo, aunque sea muy poco, de algunos toreros de entonces. 
Años HA.- La antigua plaza madrileña, ya desaparecida, fue escenario de muchos de los éxitos de Marcial, que aparece ahí en el preciso momento en que comenzaba la demolición del coso. Acudió a decirle adiós.

Fuente: Semanario grafico de los toros El Ruedo. Nº1,188. Madrid, 28 de marzo de 1967.

domingo, mayo 21, 2017

MARCIAL LALANDA HABLA DE TOROS (PARTE I )


CINCUENTA AÑOS VIENDO TOROS


"Marcial Lalanda  pronunció su primer discurso público en marzo de 1967 en la Peña de "Los de José y Juan" con éxito lisonjero. El RUEDO solicitó sus cuartillas, y él, amablemente, los ha complacido. Tienen el interés de lo auténtico, de lo vivido, de lo sufrido en el ruedo a lo largo de muchos años de vida torera y haber dado muerte a muchos toros dignos de ese nombre.
Por eso, lo juzgamos el documento digno de atención y estudio y lo publicamos; al hacerlo, podemos adelantar a nuestros lectores una buena noticia: a Marcial se le han despertado los recuerdos y los deseos de sincerarse y opinar del toreo, volcándose sobre las cuartillas. Marcial está decidido a escribir de toros, y EL RUEDO, que le anima, pone sus páginas a disposición del maestro —siempre joven maestro-— y lo presenta como un valioso fichaje. Y cedemos ya la palabra a Marcial en su conferencia":

"SEÑORAS Y SEÑORES, MUY BUENAS TARDES: 

Yo recuerdo un día en la Maestranza de Sevilla, allá por 1921, en que iba a tomar la alternativa, Al mirar a derecha e izquierda para ir a hacer el paseo me encontré entre Chicuelo y Juan Bélmonte.
Miré a Juan y sentí miedo. Si hubiera podido irme de allí lo hubiese hecho. Aunque yo sabía que estaba preparado para dar aquel paso, no pude evitar esa sensación de insuficiencia que produce el presentarse ante personas de valía superior.
Este momento me recuerda a aquél. No siento miedo, pero me parece que he estado un poco atrevido al presentarse aquí, donde sin saber leer ni escribir (como suele decirse) voy a hacerlo después que Jaime de Foxá acaba de decir unas cosas como él sólo sabe decirlas.
Su cordial afecto hacia mí, sus palabras cariñosas, que no merezco y que no sé cómo agradecer, me hacen sentirme un tanto empequeñecido como conferenciante, aunque sepa algo del tema a decir.
Gracias Jaime, como montero mayor que eres entre los monteros; te prometo no cortarte ningún venado si por coincidencia de puestos en una montería tuviera oportunidad de hacerlo".

1. "LOS DE JOSE Y JUAN"

Permitidme dar gracias por tener la oportunidad de estar aquí, en la cátedra de los decires, loando las actividades taurinas de la Entidad.
Yo soy un hombre hecho en la dureza de cuanto supone sobrevivir a lacircunstancias de la lidia, siempre difíciles, aunque fáciles parezcan a quienes la ven desde el tendido y se solazan o aburren con la suerte o desgracia de quienes en el ruedo están.

No esperéis, pues, de mi charla eufemismos melindrosos, que no le van a un montero castellano, que es lo que yo soy ahora. En el monte y en Castilla todo es como es. No obstante y renunciar a todo panegírico sobre cuanto Los de José  y Juan vienen haciendo en bien de la Fiesta nacional, tengo que proclamar mi admiración por el hallazgo del título de la Entidad.

Los de José y Juan (y entro con ello en el tema que va a ser objeto de mi breve comentario) es el título o razón social que me ha llevado a veces a la meditación. A veces me he preguntado: ¿Fue simplemente un acierto el de los fundadores al denominar a la Peña de José y Juan, o fue la conclusión de un discutido estudio entre todos los componentes? Fuera como fuere repito que muchas veces he cavilado sobre ello, José y Juan no sólo presentaron una época singular (única), sino que fueron una sola entidad de dimensiones increíbles en cuanto a la Fiesta atañe en cualquier momento de su gloriosa existencia.

José y Juan, a mi modesto ver, sin que ninguno de los dos haya sido todo en el todo de lo que el toreo debe ser, (cosa por otra parte imposible, so pena de que el torero fuera un ser divino, en vez de una criatura humana) todo lo reunieron entrambos y entre dos lo resumieron. Todo hasta el punto que en lo poco o mucho que de toros sé y en toros he visto, la obra de uno y de otro, estudiada conjuntamente, si os parece, amalgamada, es la única obra de la Fiesta nacional que más se ajusta a nuestro espíritu: lo español, José y Juan fueron, precisamente, la imagen de la perfección de complementarse. Lo español, entre españoles, ha sido siempre, y será, obra de genialidades que se complementan. Más que rivalidad, rivalización, para terminar en la fusión y ser ramas, aunque distintas, de un solo tronco.

Bueno; ya llegaremos en su momento a apreciaciones más concretas sobre estos dos colosos que, sin parecerse nada uno al otro en la forma de torear, realizaron y sumaron el único "total" del toreo que como total ha tenido vigencia y la seguirá teniendo siempre, aunque, a veces, surja el fantasma de la parodia y se aplauda. Pero esto no pasa de ser un brote de un malestar originado en la difícil situación del mundo, que se presenta espontáneamente de vez en cuando sin que mengüe en nada la particularísima personalidad se cada uno. Sustancia y esencia son valores distintos a lo largo y ancho de la historia taurina; pero lo uno no afecta a lo otro. Hecha esta salvedad, voy a comenzar de una vez con mis “Cincuenta años de ver toros”.

En realidad no son cincuenta años los que llevo viendo toros; son más, porque mucho antes de que yo viese una corrida en la plaza, en el hogar de mi casa campesina, escuchaba a mi padre (que a la vez, heredó la sapiencia del suyo, mi abuelo, conocedor de toros bravos con treinta años de experiencia) objeciones sobre lo que el toro bravo es en el campo y lo que en la plaza es.  Explicaba por qué siendo el mismo se diferencia tanto en un lugar y en otro. Se lo decía a los vaqueros, y yo escuchaba con toda atención, porque era lo que más me gustaba, seguramente por ser lo único que conocía. De ahí, que aquellas charlas constituyeran, en la inconcreta imaginación de mi infancia, una especie de corrida fantástica; corrida en la que todo lo que en la plaza sucedía estaba supeditado al comportamiento o psicología de los toros. 

La escasa razón de mis poquísimos años me permitió, gracias a las charlas de mi padre con los mayorales, llegar a la conclusión de que mi padre "sabía" o adivinaba lo que los toros pensaban, y que yo llegaría a saberlo si (como él) me daba a la observación y al estudio de las reacciones del toro. Comprobé que un mismo toro reacciona ante el mismo hecho de distinta manera, no sólo por el cambio de lugar, sino en el mismo sitio y debido al estado anímico en que se halle; digamos, enfermizo o de plena salud.

A tanto llegaron mis observaciones que di con ellas en la creencia de que no existe el toro manso, sino menos bravo. Pensé entonces que si un día era torero (cosa que no dudé nunca) debería lidiar al toro según su estado, fácil de interpretar por las muestras que el toro da desde el momento que se le desambienta, incluso sin sacarle de su ambiente; esto es, en cuanto se altera su apacibilidad, esté donde esté.

Recuerdo que mi padre cuando me atreví a decirle que quería ser torero, me dijo: "Nunca sabrás lo que son sin que lo torees más de una vez, dándole sus naturales ventajas. Nunca sabrás cómo el toro es sin haber entendido el comportamiento del toro en todos los terrenos y en todos los estados. Sólo toreando más de una vez el mismo toro donde nadie te vea serás un buen torero ante el público, que no perdona la ignorancia”.
¿Te atreves a torear una misma becerra dos días seguidos? ¡Sí! , le contesté sin titubeos. Cuando me consideré suficientemente experimentado me puse ante la primera vaquilla, y tras torearla dos o tres días, aprendí lo que el toro era y, por ende, cuanto el torero debía saber para que el toreo resultase la conclusión de un encuentro racional entre el toro y el hombre.

Por primera vez fui a una corrida de toros, en el año 1913, precisamente cuando concluía una época del toreo, no por incompleta menos gloriosa; porque lo acontecido en esa época supuso un peldaño en la escalera de la ascensión, para la trayectoria profesional.

En aquel año de mi estreno como espectador se fueron Bombita y Machaco. Parece como si al sentarme por primera vez en una grada fuera para testificar cómo se iba lo bueno, que, hasta entonces, había sido lo mejor, y presenciar la entrada en el ruedo de lo que iba a culminar en conciencia precisa del toreo. Porque lo que a continuación vino fue la técnica de torear de Joselito y la antitécnica con que Juan comenzó, que al encontrarse y refundirse se convirtió en consagración de una tesis o norma científica por la gracia de las dos partes: la de José y la de Juan.

Antes de que Juan amaneciese con el barrunto de la promesa, Jose se había hecho el amo y señor de la Fiesta; pero como todos los mandones que no tienen contrincante, fue un amo relativo, porque le faltaba el antagonista que le obligara a la necesaria rectificación que le llevaría a la perfección. Por esto es por lo que he dividido mi medio siglo de ver toros en cuatro épocas (aunque mejor dicho estaría) en cuatro tiempos.

Las cuatro épocas de esta charla son: De la despedida de Bombita a la muerte de José. De ésta a 1936; del 1936 al 1947 y del 1947 hasta nuestros días. Cuatro épocas, una gloriosa; otra, en transición a la decadencia; la tercera, decadente, y la última (la presente), indeterminada, porque sobrepasa lo que entendemos por decadencia, al concurrir en ella la parodia con el mismo indumento que el toreo de verdad. Parodia que irrumpe como una erupción causada por varias circunstancias ajenas a la tauromaquia. No digo con esto que no haya hoy día buenos toreros, pues los hay como en cualquier tiempo. Lo de la parodia se les puede achacar a muy pocos toreros y sí a otros elementos de la Fiesta. Del toreo de hoy hablaré con desenfado cuando a él lleguemos.

Por si alguien me preguntara por qué arranco de 1913 y no desde los días en qué comienza el toreo a pie, me apresuraré a explicar que no es (Dios me libre) por menosprecio a cuanto entonces ha existido en el toreo, ni por ignorancia de cómo se produjo. Se muy bien que la matriz o el «ombligo» de cuanto conocemos por técnica está en Paquiro. A partir de él, el toreo dejó de ser un albur. Desde entonces fue preciso atenerse a sus normas, a sus concretas teorías. Las excepcionales técnicas de Cúchares, Lagartijo y Guerrita no son más que la superación, por lógica del tiempo, de la técnica de Paquiro, que debió ser un extraordinario observador de la psicología del toro; quizá el primer científico que el toro tuvo, y hasta puede que el mejor, por haberlo sido en los tiempos en los que el público bárbaro, por cualquier suposición adversa, tiraba al ruedo y contra el torero todo elemento arrojadizo, y cuando acababa con lo que había llevado para tirar a la plaza se tiraba a sí mismo, saltando al ruedo y haciendo imposible cualquier ejecución maestra. Debió resultar muy difícil ser técnico del arte de torear en años en los que al torero todo se le fiaba a la suerte, menospreciando la técnica, o lo que es peor, considerándola como recurso de cobardía.
Los tiempos de las demás figuras mencionadas, aunque menos lejanos, no fueron mucho mejores; de ahí que el torero tuviera que ser más que valiente, bravucón ante el toro y en la calle, y la bravuconería es la antítesis de la técnica. Ser técnico de lo que sea es ser superior a quien ejercita la rutina.
Insisto en que mi partida desde 1913 obedece a querer concretarme a lo que he visto y estoy viendo. Hay en estas cuatro épocas o tiempos dos cambios trascendentales en la forma de torear, originarios por muy distintos motivos: 

Uno, la produce la llegada de Belmonte, que abrió el camino hacia la cumbre del toreo. Las maneras de José y Juan, la ciencia del primero y la revolucionaria forma de torear del segundo; en la refundición de una y otra, prevalece el dominio de los terrenos de toro y torero que consigue e impone Belmonte.
Pero, como es lógico, antes de referirme a los toreros que en aquellos tiempos actuaron, tengo que hablar del toro.
El toro a que me refiero, y que todos habéis contemplado en la plaza, era la base fundamental de la corrida. La palabra toro en cualquier aficionado significa un toro adulto en su natural desarrollo. Un toro hecho, porque el toro no es toro hasta no cumplir los cuatro para cinco años. Entre cuatro y cinco años es cuando el toro adquiere y mantiene su natural trapío; cuando la casta y fuerza alcanzan todo lo que el toro da, para que el torero lidie y toree como era y como será siempre el toreo cuando las cosas vuelvan a su rango original.
En la época de José y Juan, la técnica y el valor en superlativo eran imprescindibles para torear aquellos toros, en el mayor de los casos, poco castigados en el primer tercio, por lo que el torero debía suplir aquella falta con el conocimiento técnico, con el dominio racional y con la destreza de ideas superiores. Por el escaso castigo, los toros llegaban al último tercio con poder, casta y bravura codiciosa, de la buena y de la mala hasta en los mansos, que no por ello dejaban de ser prontos y broncos en la embestida. Cosa, por otra parte, indispensable para hacer el toreo completo en dimensiones y terrenos, que representan lo cabal para la comprobación de la bravura y la calidad del torero. Todo esto se escapa casi siempre al entendimiento del público. En aquel tiempo, el juego consistía en superar al toro y poder más que él; en la imposición de la inteligencia sobre el instinto, que en el toro aumentaba, en ocurrencia, debido a su gran poderío

He aquí él porqué de la necesidad de torear con sujeción a las reglas y terrenos que desde Paquiro en adelante, eran precisos si se quería ser figura del toreo, aun cuando la ejecución perfecta de estas normas sólo pudieran practicarlas los técnicos, que no siempre fueron máximas figuras..... (continuará).
Marcial Lalanda.

Fuente: Semanario grafico de los toros El Ruedo. Nº1,187. Madrid, 21 de marzo de 1967

domingo, mayo 07, 2017

Cuatro capotes mágicos (Antonio Ordóñez, Curro Romero, Rafael de Paula y Antoñete)

"Me los robaron para venderlos por veinte mil duros". 
Por: ALFONSO NAVALÓN GRANDE

Nunca he sido partidario de convertir mi casa en un museo taurino. Cuando me hice ganadero tenía en la finca unos cencerros que resumían la historia de las divisas más destacadas, colocados en lo alto de una estantería tenia los cencerros de Miura, Pablo Romero, Conde de la Corte, Urquijo y Graciliano Pérez Tabernero, más el de Manuel Arranz como fundador de mi ganadería.

Los toreros me ofrecieron muchas cosas (aparte de millones por ponerlos bien), pero ese mundillo me atraía muy poco y no quise llenar mi casa con vitrinas de trajes de luces de tardes de gloria. Sencillamente porque muy pocas veces la categoría artística no tiene nada que ver con la presencia humana de muchos ídolos de multitudes que en traje de paisano son como para echarse a correr.

Mi historia de hoy se resume en cuatro capotes que pasaron a la historia del toreo con letras de oro... Uno era el de la reaparición de Antonio Ordóñez en Málaga, cuando ya no era ni la sombra de lo que fue antes de los años sesenta. Me lo ofreció delante de todos sus acérrimos partidarios que se llevaron un gran disgusto, considerando que los hacía de menos regalándoselo a un crítico provinciano recién llegado al mundillo taurino. 

Son los mismos que se escandalizaron cuando en el Hotel Astoria de Valencia me dijo Ordóñez en las fallas de 1963, cuando solo había publicado cuatro crónicas en "El Ruedo": "tu serás la nueva gran figura de los críticos". Estaban delante José María Jardón, Pedro Balañá, Diodoro Canorea y el viejo Pablo Chopera con Barceló empresario de Benidorm y Alicante. El viejo Chopera cortó a Ordóñez "me parece que te estás pasando. Navalón sabe mucho pero tiene todavía más peligro. No nos conviene".

El otro capote era de Curro Romero en una tarde gloriosa de feria de Sevilla en la Maestranza donde al cabo de muchos años confesó que fue el día que mejor había toreado de capa en toda su vida. Como sería que le tocaron la música. Habíamos tenido un disgustillo por una mala interpretación de su mujer Conchita Márquez Piquer y Curro para congraciarse me regaló aquel capote histórico.
El otro pertenecía a Rafael de Paula y con él, ejecutó aquel quite por verónicas en un toro de Julio Robles, el año que se presentó a confirmar su alternativa en Madrid, después de trece años rodando por las plazas de Andalucía sin alcanzar más gloria que los cantes de los flamencos. 

Aquella noche lo fuimos a ver al Hotel Wellington con toda la plana mayor de los ejecutivos de Rumasa, que me habían contratado para dar ocho conferencias en Andalucía. Eran adoradores incondicionales del gitanito rubio, con Ruiz Mateos al frente en pleno poderío social y económico antes de que el actual marido de Isabel Preysler arremetiera con la expropiación. 

Aquella corte iba a llevarnos a cenar al restoran más caro de Madrid y se quedaron de piedra cuando le dije a Rafael que había sido una pena dar unos lances tan bonitos cambiando tanto el terreno en vez de ligarlos seguidos como lo había visto otras veces. Cuando trataban de increparme por mi osadía, Paula los aparcó: "Tiene toa la razón el de Salamanca. Otras veces he toreado mucho mejor con el capote. Lo que pasa es que en Madrid no me habían visto y le ha parecido mucho más de lo que ha sido".

El capote de Antoñete era el de la famosa media verónica que repitieron tantas veces en Televisión, y tampoco se le hizo justicia porque otras mucho mas perfectas y más lentas. Pero fue una tarde de gloria y la gente estaba loca con el viejo del mechón. Antonio tenía entregada la plaza y cuando remató la media, los tendidos se pusieron en pie con una ovación delirante.

Luego tuve más capotes. Cada vez que los toreros venían a torear a mi casa me dejaban un capote y una muleta. Tuve capotes de Capea, Manzanares, Roberto Domínguez, El Yiyo, Julio Robles y dos muletas de Andrés Vázquez. Me quedé con la gana de conservar algo de Rafael Ortega que ha sido el que mejor he visto torear en toda mi vida y con algún recuerdo de Manolo Vázquez que cuajó una vaca mía magistralmente. Pero no hubo ocasión. De todos estos capotes el que más usé toreando fue el de Antonio Ordóñez, pero tuve que acomodarlo a mis medidas porque era como una manta. Fue Tito el mozo de espadas de Andrés Vázquez quien le cortó más de una cuarta de los bajos para poderlo manejar a mi antojo. 

Ahora que recuerdo toree muchos festivales con un capote de Antonio Bienvenida que no tenía ninguna historia especial. Simplemente me lo regaló al terminar un tentadero en Huelva en la plaza de Tomás Prieto de la Cal. Una plaza que tenía un dolmen debajo del palco de invitados y donde nos tomó el pelo Miguel Litri que se quedó asando sardinas mientras nosotros pasábamos las de Caín con aquellas vacas jaboneras que se colaban por donde menos esperábamos. En uno de los atragantones de la lidia, Bienvenida me comentaba desesperado:" Con estas vacas se me ha olvidado torear ¡Ninguna va por donde la mando! " Cuando acabó el tentadero el Litri viejo se reía de nosotros "Ahora os enterareis por qué me quedé asando sardinas"…Desaparecieron

Cuando mi separación, mi difunta esposa se quedo con todo y los tres hijos se vinieron conmigo, por todo lo cual el juez me condeno por "abandono de familia" ¿Quién entiende eso si los hijos se vinieron conmigo? El caso es que la pobre señora sentía un apego especial por lo ajeno y aparte de muebles antiguos y obras de arte por valor de cincuenta millones, se quedó también con los capotes históricos, vendiéndolos por cien mil pesetas, cantidad ridícula porque todos estaban dedicados y firmados por aquellas grandes figuras. Un abogado de Madrid, amigo mío me contaba que el año siguiente pagó un anticuario doscientas mil pesetas por el de Curro Romero.

Como estaba escrito que no conservaría nada de mi historia de crítico y torero aficionado, un día vino un torero a uno de los últimos tentaderos y al día siguiente recordé que había dejado los trastos de torear y los zahones en un burladero, habían desaparecido porque alguno de mis invitados tuvo el acuerdo de virlarmelos. Le tenía especial cariño a los zahones, hechos con todo el capricho por el maestro guarnicionero de Puebla del Río (el mismo que trabaja para los Peralta). Tenía grabados en los bordes el hierro de las ganaderías de los amigos y encima de la bragueta el mío con una leyenda que decía "Escribir y Torear". También me robaron unas polainas repujadas que eran un primor de artesanía, a juego con unos botines de piel de becerro con la puntera puenteada en relieve. 
Ahora, como hace dos años que no toreo, ya no me hacen falta pero me queda la tristeza de haber perdido aquellas joyas del arte de torear.