EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017

domingo, julio 31, 2011

EL CANTE JONDO

La guitarra...El llanto de Andalucía.




Letra Federico García Lorca.
Interprete Niña Pastori.

{...}Lo que no cabe duda es que la guitarra ha construido el cante jondo. Ha labrado,profundizado la oscura musa oriental judía y árabe antiquísima,pero por eso balbuciente.
La guitarra ha occidentalizado el cante, y ha hecho belleza sin par,y belleza positiva del drama andaluz,Oriente y Occidente en pugna, que hacen de Bética una isla de cultura.{...}

Conferencia.
Arquitectura del cante jondo.1931.
Federico García Lorca.

Guitarra- Detalle de Peter Hakenjos.
Dibujos, obtenido de
Sepia-Imago.
La guitarra.


Fuente: http://miespacioflamenco.blogspot.com/2010/09/la-guitarrael-llanto-de-andalucia.html#uds-search-results
Empieza el llanto
de la guitarra.
Se rompen las copas
de la madrugada.
Empieza el llanto
de la guitarra.
Es inútil callarla.
Es imposible
callarla.
Llora monótona
como llora el agua,
como llora el viento
sobre la nevada
Es imposible
callarla,
Llora por cosas
lejanas.
Arena del Sur caliente
que pide camelias blancas.
Llora flecha sin blanco,
la tarde sin mañana,
y el primer pájaro muerto
sobre la rama
¡Oh guitarra!
Corazón malherido
por cinco espadas.

Poema del cante jondo.

Federico García Lorca.
Poeta, dramaturgo,músico.
Granada 1898- Granada 1936 .
España.

LUIS MIGUEL DOMINGUIN En la de Beneficencia del año 1949 (Madrid)


Fuente: Semanario gráfico de los toros El Ruedo, Año !949.

Palabras del GANADERO del Conde de la Corte

 
"Hoy los gustos del gran público tienden a uniformar el espectáculo. AL hacerlo se pierde mucho, pues se busca siempre la misma cosa. El sentido de la lidia va desapareciendo. El público ya no la acepta. Es absurdo ¡Quieren que todo sea siempre lo mismo! La afición va reduciéndose. Cada vez se sabe menos de encastes...la aculturación va progresando.
(...)
Sólo habrá espectadores que vendrán a ver como cortan orejas. Hoy el público no deja que un torero domine a un toro. Quiere verlo dar pases ¡Y luego nos quejamos de la uniformidad de las faenas!"
Vía: Opus 9 de Tierras Taurinas
 

CENICIENTOS 2011 "Feria del Toro"

MANOLETE

POR SANTOS SAAVEDRA


SUERTES DE OTROS TIEMPOS









Fuente: Semanario gráfico de los toros El Ruedo, año 1949

sábado, julio 30, 2011

LA BRAVURA DEL TORO (DOMINGO ORTEGA)

La bravura del Toro-  Capitulo 5

El ganadero tiene algunos puntos de referencia, a veces por cosas que nota él mismo en el campo; otras, por informaciones de los vaqueros que observan a los toros desde que nacen; pero ninguna de esas referencias son, ni siquiera, puntos de partida para predecir la bravura, porque el toro bravo, durante los cuatro años que dura su permanencia en el campo, no da ninguna prueba exacta respecto a la mayor o menor cantidad de bravura que puede tener.
Lo único que hace patente en el campo son sus querencias y preferencias que está dispuesto a defender en tanto y cuanto se le lleve la contraria, pero esto no nos da idea clara de su mundo interior, puesto que unas veces las defiende por su poderío, otras por debilidad o por antipatía hacia el ser que se le acerca.
Es indudable que el toro de lidia tiene sus simpatías o antipatías por las cosas de su campo visual, y precisamente por esa mezcla de sangre que hay en él, la mayoría de las veces le pasa lo que al personaje de Shakespeare, ser o no ser es su problema. Por eso es tan difícil que nos encontremos con un toro que es y quiere ser bravo desde que sale a la plaza hasta el final.
El toro de lidia falla mucho por la vista, y por eso muchas veces desorienta al aficionado e incluso al torero. No se trata del toro que es tuerto, pues esto está bien claro cuando lo es, sino cuando el toro ve de lejos más que de cerca, o viceversa, cuando ve por abajo más que por arriba, cuando ve de un lado más que del otro. Todos estos defectos le hacen embestir de distinta manera, unas veces por el centro del capote o de la muleta, otras por la parte de fuera, otras hacia el torero, unas veces con la cara por el suelo, otras con la cabeza totalmente en el aire. Estos defectos no tienen en realidad relación con la bravura, pero si un toro los tiene es muy difícil, casi imposible, ver si es realmente bravo.
El primer signo de bravura, tal vez el más claro, lo da el toro en su galopar desde que se arranca la primera vez hasta que muere. El toro bravo, cuando se le llama la atención, debe acudir galopando, el trote es signo de mansedumbre, y al llegar al capote que no se apoye en las patas de atrás, todo su impulso debe ir hacia adelante.
Cuando vean ustedes un toro que se arranca galopando y sigue galopando hasta el final, pueden estar ustedes casi seguros de que es un toro bravo.
Hay quien afirma que "en el cuadro de la zoología el toro aparece como animal cobarde, animal mal dispuesto para la lucha, su defensa es huir siempre y cuando el medio se lo permita; acosado, cercado, se apresta al combate con las únicas armas de que dispone: las astas, y recurriendo a un mecanismo muscular fijo: el derrote". No podemos estar conformes con esto. ¿ Cómo se puede afirmar que el toro bravo es cobarde y que su defensa es huir siempre que el medio se lo permita? Sin hablar ya del toro, sino del becerro, cuando en el campo se hacen los tentaderos a acoso, que se los lleva a favor de su querencia, huye el becerro manso, pero cuando sale uno medianamente bravo, digo medianamente porque tampoco se le ve si lo es totalmente, a los cien metros del rodeo, y a veces antes, ha hecho frente y se ha montado encima del caballista que le va acosando, y. sin embargo, tiene todo el campo libre para huir. Esto, el becerro con dos años y a favor de querencia, porque al toro de cuatro años y en contra de su querencia no se le hace correr ni veinte metros.
En cuanto al derrote, he aquí el gran problema. Derrotan desde la vaca lechera hasta los bueyes, pasando por los toros totalmente mansos, pero el toro bravo derrota poquísimo, casi me atrevo a decir que nada, porque en el toro de lidia el derrote es un signo de mansedumbre. Fíjense ustedes cuando van a una corrida, si sale un toro bravo, cómo apenas derrota. Lo que hace el toro bravo es empujar con ímpetu, lo cual es totalmente distinto a derrotar. En mi larga vida de torero vi pocos toros realmente bravos, casi podría contarlos con los dedos de una mano, y a esos toros jamás les vi derrotar, porque el derrote es un instinto de defensa, mientras que la bravura es todo lo contrario: acometividad.

Es curioso que a ninguno de los elementos que han intervenido durante siglo y medio en el planeta de los toros se les haya ocurrido ocuparse en serio de la bravura del toro. Las tauromaquias de Pepe Hillo y Montes tampoco hacen el análisis de la bravura, bastante hicieron con dar en su tiempo el esbozo de las reglas del arte de torear.
En la segunda década de nuestro siglo se acercan al planeta de los toros hombres de inteligencia y cultura excepcionales, que le dedican, si no obras fundamentales para el toreo, sí algún ensayo donde podemos ver su criterio sobre el arte de torear.
Por ejemplo, Ramón Pérez de Ayala, partidario de Belmonte, en su libro Política y Toros, y José Bergamín, partidario de Gallito, en El Arte de Birlibirloque, hacen cada uno un análisis de estos dos toreros, y es curioso que estando los dos de acuerdo sobre las condiciones que reúne cada uno de ellos, lo que al uno le parecen virtudes al otro le parecen defectos; luego en lo que no están de acuerdo es en su concepción del toreo, porque como ni siquiera hacen mención del toro, el fondo y la razón del arte de torear se les escapan.
Yo, que estoy un poco de acuerdo en algunas cosas con cada uno de ellos, no lo estoy totalmente con ninguno, porque hay una diferencia fundamental en cómo ven las cosas del arte un práctico y un teórico. Y si ese arte es el del toreo, la diferencia es gigantesca; porque en pintura, por ejemplo, el artista crea el cuadro para después, y cuando lo expone ese cuadro está terminado tal como él lo ha pensado. En la exposición el pintor es un espectador más de su obra; puede emocionarse con ella o ver los defectos que tenga, como cualquier otra persona dotada de sensibilidad para la pintura. En cambio, en el arte de torear el problema es muy distinto, el torero puede hacer con el toro todo menos verse a sí mismo. Al pintor se le admira, no cuando está haciendo el cuadro, sino cuando lo ha terminado; en cambio, el torero nos emociona y nos sobrecoge, no cuando ha terminado la faena, sino cuando la está realizando ante el toro. Después no nos queda más realidad que aquello que la imaginación del espectador ha podido retener. Por eso en materia de toros son tan difíciles las discusiones, porque al discutir sobre una faena, ésta pertenece ya al pasado. En cambio, en pintura el cuadro está ahí, para contemplarlo y discutirlo, día a día, lo mismo el teórico que el que lo pintó.
Esta es la razón de que en otras artes los teóricos puedan a veces dar ideas positivas a los muchachos que se dedican a ellas; en cambio, en toreo nada hay hecho por los teóricos que haya contribuido al mejoramiento del arte. Yo ya he explicado a ustedes que, cuando di los primeros pasos en el toreo, fue un profesional quien me dijo cómo había que andar con los toros. En los teóricos no he podido aprender nada positivo, porque de este tener que entendérselas con el toro a solas no sabe más que el torero.
Por eso no ha sido posible el progreso en el arte de torear, porque los pocos toreros que realmente han sabido lo que es el toreo no se lo han dicho a nadie: unos, porque no han querido; otros, porque no han sabido explicarlo.
Comoquiera que sea, la realidad es que no hay un tratado de tauromaquia donde los muchachos puedan aprender lo más elemental : por ejemplo, cómo tienen que coger las herramientas de torear para entendérselas con los toros. La mayoría coge el capote como cogen las lavanderas las sábanas para sacudirlas; por eso los toros, el noventa por ciento de las veces, los empujan hacia la barrera. El capote, para poder torear bien, hay que cogerlo sobre la palma de la mano: con los nudillos se podrá boxear con el toro; ahora, torear bien, de ninguna manera.
Y con la muleta pasa aproximadamente lo mismo. Para torear, lo que se dice torear, no se puede presentar la muleta al toro en el mismo plano de la recta con el cuerpo del torero, dándole a elegir al toro entre el cuerpo y la muleta. No, para poder hacer bien el arte de torear con la muleta, ésta tiene que avanzar delante del cuerpo del torero, casi tapándole, y cuando el toro venga, bien por su impulso o bien por el enganche, desviarle avanzando la pierna contraria por delante de él al mismo tiempo que se le templa. Lo que no sea esto es dejar pasar al toro, o cambiarle, pero ninguna de las dos cosas es torear.
Señores, bien entendido que digo todo esto por si un día pueden darle un consejo a un muchacho que quiera ser torero; pero el mejor consejo que pueden darle es que se dedique a otra profesión. Hasta antes de nuestra guerra, de los hombres que quisieron ser toreros ¡ a cuántos mataron los toros!, ¡a cuántos les dieron cornadas que los dejaron imposibilitados! Pues si al toro de lidia hacen que salga con su edad y su peso reglamentario, y con los pitones limpios, hoy, gracias a los hombres de ciencia y a los cirujanos, será más difícil que mueran los muchachos, pero las cornadas grandes se las darán, eso es indiscutible.
Y tienen ustedes que pensar que el hombre y la mujer van a los toros por el peligro que el toro tiene. Nadie desea, naturalmente, que le den una cornada al torero, pero en el fondo van con emoción porque saben que se la pueden dar. Si llegase un día que este peligro y, por lo tanto, esta emoción desapareciesen totalmente, todos ustedes se desentenderían de la fiesta de toros.
Pero, volviendo a la bravura del toro, es indudable que el ganadero, el torero, los aficionados, todo el mundo desea que los toros salgan más bravos, pero por ley de birlibirloque, o lo que es lo mismo, dejando las cosas al vaivén de un sistema tradicional sin eficacia.
La purificación de una raza no puede estar a merced del capricho o del instinto de un señor, por fino que lo tenga. La selección de todo animal reclama un sistema que haga posible el control de todas sus manifestaciones en relación con el fin para el que ha sido criado.
El toro bravo se cría para ser lidiado, con cuatro años, en una plaza de toros, y solamente en ella y con esa edad manifiesta su realidad. Es, por lo tanto, en la plaza donde debemos marcarle la meta que debe alcanzar para ser considerado como bravo, y solamente el que la alcance debe, después de serle perdonada la vida, ser empleado como reproductor.
Hay que tener en cuenta que hoy el público, en general, está desentendido del elemento toro, y no sabemos si al imponerse el sistema de selección en la plaza, podría interesarse por la causa fundamental de las corridas de toros, esto es: el toro y su bravura.
Para saber si el toro llega a esta meta ideal de la bravura, que el semental debe alcanzar, es necesario controlar sus embestidas al caballo, los sitios, la distancia y la forma en que lo hace, es decir, todo movimiento, bueno o malo, que el toro tenga. Esta es la razón de los dos círculos concéntricos que figuran ya en los ruedos y de los que voy a hablarles a ustedes ahora.
Yo había observado al hacer los tentaderos en las diferentes ganaderías, que ninguno de los muchachos que iban recomendados tenía idea de donde debía dejar colocada a la vaca para darle los puyazos, y muchos de los toreros tampoco lo sabían. Como en estas condiciones es muy difícil saber si una vaca es brava o no, se me ocurrió marcar en el suelo de la plaza dos rayas en vez de una para que ellos viesen claramente donde tenían que colocar a la vaca. Cuando vi que daba buen resultado, empecé a pensar que esto mismo debía hacerse en las plazas de toros, porque de los hombres que nos hemos vestido de torero pocos han sido los que han sabido poner al toro en su sitio, con pocos lances, a la hora de picar.
Cuando se implantó la raya que existía antes sola en el ruedo, fue para impedir que el picador saliese al centro del ruedo para picar, porque cuando no existía el peto el picador buscaba su defensa alejándose lo más posible de la barrera, que era donde más fácilmente podían matarle el caballo.
Con la aparición del peto la utilidad de esa raya única desaparece, porque el picador, defendido por el peto, lo que no quiere es alejarse de la barrera, donde se apoya, ofreciendo de esta forma mayor resistencia al toro.
Pero esa no es la suerte de picar, y menos cuando un hombre es buen caballista. (De los que yo he visto, ninguno que haya sido buen caballista ha querido estar pegado a la barrera para picar el toro.)
Por lo tanto, era importante para el noventa por ciento de los picadores marcarles el sitio donde tienen que ir con el caballo en la plaza, y así mismo marcarle a la mayoría de los peones, e incluso a muchos matadores, donde tienen que dejar el toro colocado para que entre al caballo. Pero esa, con ser importante, no es la razón fundamental, la causa fundamental es poder ver la bravura del toro. Porque metiendo el toro con el capote debajo del caballo no se le ve arrancarse; en cambio, dejándole a una distancia mínima de dos metros se ve claramente si el toro se arranca y cómo lo hace.
Ahora, en mi opinión, en el ruedo de Madrid las rayas están trazadas excesivamente lejos de la barrera, he medido la distancia yo mismo, y en algunos sitios llega a ser de diez metros; en cambio, en la de Jerez de la Frontera, que es la mejor que yo he visto hasta ahora, están a seis. Para mí la perfección, después de mucho estudiar el asunto, sería marcar la primera raya a cinco metros y medio de la barrera en todas las plazas de España, tenga el ruedo el diámetro que tenga.
Pero en el trazado de las rayas yo no he intervenido directamente.
Ahora bien, no olvidemos que lo importante, lo fundamental de esta teoría, y para lo que ha sido pensada, es para poder perdonarle la vida al toro que lo merezca y dedicándole a semental, mejorar el porcentaje general de bravura del toro de lidia español.
Teniendo un poco de costumbre es muy fácil distinguir al toro bravo del que no lo es. Cuando se duda es porque el toro no es bravo.
La bravura es instinto de ataque y no instinto de defensa. El toro bravo, como ya he dicho antes, cuando se llama su atención debe acudir galopando, y al llegar al capote no apoyarse en las patas de atrás, sino que todo su impulso debe ir hacia adelante. El toro que embiste apoyado en las patas traseras es que embiste con reservas.
En la suerte de varas no es suficiente que se arranque varias veces de lejos y con alegría, sino que debe derribar, y si no puede con el caballo, debe apoyarse totalmente sobre las patas delanteras y la cabeza, levantando al aire las patas de atrás y empinando el rabo. El público se equivoca muchas veces porque cree que el toro está empujando con los riñones, cuando lo que realmente hace es afianzarse en las patas traseras y hacer fuerza desde este apoyo, mirando con un ojo al caballo y con el otro lo que pasa en el ruedo.
La bravura del toro. Capitulo 6 (Capítulo final)
En la suerte de varas está el problema de la bravura del toro. Si no fuese por esta razón, Portugal, donde no se matan los toros en la plaza, tendría los más bravos del mundo porque pueden emplearlos como sementales después de ver el resultado de su lidia. Pero como tampoco los pican, se quedan sin saber cuál es el auténticamente bravo; lo único que pueden ver es cuál es más cómodo para el torero, pero eso no es la auténtica bravura.
Es en la suerte de picar cuando el toro la demuestra, lo que pasa es que después de esa suerte el noventa por ciento de los toros empieza a defenderse con menos peligro porque les queda menos fuerza. Pero cuando sale el toro bravo sigue embistiendo con la misma intención, que es la de atacar, no la de defenderse.
Es muy difícil ver un toro bravo porque salen muy de tarde en tarde; por eso el público en la fiesta se aburre más tardes que se divierte y se emociona. El torero hace lo que puede para tener éxito, pero eso no depende totalmente de él, sino de la bravura que tiene el toro.
Como el toro es un animal inteligente, si se le torea hoy no se le puede torear mañana, y hay algunos que durante la lidia se dan perfectamente cuenta del hombre que tienen delante y perciben si los trata bien o mal para su sensibilidad; por eso hay toros que embisten de una manera en manos de un torero y de otra muy distinta en manos de otro, porque se dan cuenta del que no sabe tratarlos bien.
Esta teoría de perdonarle la vida al toro bravo para emplearle como reproductor no se ha puesto todavía en práctica en las plazas más importantes de España. ¿Por qué no se intenta, puesto que está aprobada por la autoridad?
En el Sindicato de Ganadería hay, desde hace varios años, una nota de la Dirección General de Seguridad en respuesta al escrito presentado por mí a los ganaderos pidiendo el indulto del toro bravo, que, entre otras cosas, dice así: "También se podrá conceder al ganadero como premio el indulto de la res cuando por su extraordinario trapío, nobleza y bravura demostrados durante la lidia la hicieron acreedora, a juicio de la presidencia, a volver a la dehesa para ser utilizada como semental. Para la concesión de esta gracia habría de dar necesariamente su consentimiento el diestro que hubiese de matarla." Sobre este último párrafo no puedo estar de acuerdo. El torero no debe disponer de un derecho de veto, que puede, tal vez caprichosamente, inutilizar los esfuerzos de los ganaderos para mejorar la raza.
La responsabilidad de la bravura del toro recae sobre los ganaderos, es decir, sobre el subgrupo de Ganaderos de Toros de Lidia, del Sindicato de Ganadería. Este Subgrupo debe nombrar el tribunal, que puede estar formado por cuatro ganaderos competentes, y cuando tres de ellos estén de acuerdo en que el toro que se está lidiando reúne condiciones suficientes de nobleza y bravura para el mejoramiento de la raza, pedirán al presidente que ordene la señal que, por medio de clarines, indique que le ha sido concedida la vida al toro. Cuando el torero considere que su labor con la muleta está terminada simulará la suerte de matar con la mano o con una banderilla; y si a juicio del público y de la Presidencia la faena lo ha merecido, se le entregarán una o dos orejas simbólicas.
En Jerez de la Frontera hace ya seis años que esto se pone en práctica en una corrida, con gran éxito entre los aficionados y el público en general que acude a ella con gran interés. Esta corrida de Jerez se lleva a cabo como corrida de concurso entre seis toros de seis ganaderías diferentes.
He asistido invitado a ella tres años, los otros me ha sido imposible ir, y ninguno de los tres se le ha podido perdonar la vida a ningún toro, prueba de lo difícil que es que salga un toro verdaderamente bravo. En los tres años restantes se les ha perdonado la vida a dos.
Ahora bien, mi idea no fue nunca la corrida concurso, porque no se trata de la competencia entre ganaderos, sino de la colaboración de todos para el mejoramiento de la raza. Se trata de que el ganadero saque el semental no de un concurso con otros ganaderos, sino de un concurso entre sus propios toros, en una corrida de seis toros de su misma ganadería.
Tengo la seguridad de que sería interesantísimo para los aficionados, y que el público acudiría a estas corridas, que tendrían un nuevo aliciente, con la misma ilusión que acude a las de Jerez.
Para terminar, señores aficionados y escritores taurinos: hagan lo posible por que esta teoría de
perdonarle la vida al toro bravo para dedicarle a semental se lleve a la práctica, porque no me cansaré de repetir que el eje fundamental de la fiesta es el toro, y que todos los toreros que hayamos tenido éxito toreando, y los que lo vayan a tener mañana, cada uno con su forma de torear personal, hemos dependido para conseguir este éxito de la bravura del toro.
El torero, por bueno que sea, tiene una vida muy breve en el toreo, mientras que la ganadería permanece. De la ganadería, de su bravura, depende de que la fiesta de toros siga adelante.
A mediados de la temporada de 1960 se hizo la prueba en Madrid, en dos corridas de toros, de poner en práctica la teoría de perdonarle la vida al toro bravo, y la realidad es que de esos doce toros, pertenecientes todos a prestigiosas ganaderías españolas, no sólo no se le pudo perdonar la vida a ninguno, sino que el buen aficionado debe recordar perfectamente el resultado que dieron como bravura. Pues lo que pasó aquel día es lo corriente en la fiesta de toros. Cuando el toro se lidia con su edad y peso reglamentarios, más del ochenta por ciento de ellos tienen más mansedumbre e instinto de defensa que bravura e instinto de ataque.
Por esa realidad, viejos aficionados y críticos, os vuelvo a pedir que hagáis lo posible para que cuando salga un toro bravo no muera en la plaza, para que las generaciones venideras que vayan a ver la fiesta de toros puedan emocionarse con más frecuencia que hoy.
Y para terminar también te lo pido a ti, figura del toreo de hoy, porque si eres realmente un matador de toros debes saber, igual que yo, que el éxito que vas a tener mañana no sólo depende de ti, sino de la cantidad y calidad de bravura que el toro tenga.
Hoy, después de haber visto el principio de la temporada taurina de 1960, vuelvo a dirigirme desde aquí a los ganaderos de reses bravas que siguen haciendo los tentaderos de los machos con el caballo y la garrocha para darles dos o tres puyazos, después de haberles dado una o dos caídas, que hagan todo lo posible por suspender esta diversión con los animales que van a lidiarse con cerca de trescientos kilos y los cuatro años cumplidos, porque es una realidad que las tres primeras novilladas que he visto lidiar este año, y no me cabe duda de que estaban corridas en el campo, han dado tres grandes cornadas a tres muchachos que querían ser matadores de toros. Uno de esos tres muchachos ha sido, precisamente, el torero que más me estaba gustando a mí ese día en su forma de torear de los que he visto hace mucho tiempo; y desgraciadamente es posible que esa cornada le haya quitado del camino para ser un gran torero. Yo le deseo que Dios le haga olvidarse de ella cada día que tenga que ponerse delante de un toro.
Por lo tanto, ganadero que sigues tocando a los machos en el campo, perdóname que te diga esto, pero no pienses que es un capricho mío porque un día he visto torear bien en el ruedo cuando yo estaba arriba en el tendido, sino que es mi experiencia de cuando he estado abajo vestido de luces.

viernes, julio 29, 2011

LA BRAVURA DEL TORO (DOMINGO ORTEGA)

Capitulo 4
El ganadero tiene algunos puntos de referencia, a veces por cosas que nota él mismo en el campo; otras, por informaciones de los vaqueros que observan a los toros desde que nacen; pero ninguna de esas referencias son, ni siquiera, puntos de partida para predecir la bravura, porque el toro bravo, durante los cuatro años que dura su permanencia en el campo, no da ninguna prueba exacta respecto a la mayor o menor cantidad de bravura que puede tener.
Lo único que hace patente en el campo son sus querencias y preferencias que está dispuesto a defender en tanto y cuanto se le lleve la contraria, pero esto no nos da idea clara de su mundo interior, puesto que unas veces las defiende por su poderío, otras por debilidad o por antipatía hacia el ser que se le acerca.
Es indudable que el toro de lidia tiene sus simpatías o antipatías por las cosas de su campo visual, y precisamente por esa mezcla de sangre que hay en él, la mayoría de las veces le pasa lo que al personaje de Shakespeare, ser o no ser es su problema. Por eso es tan difícil que nos encontremos con un toro que es y quiere ser bravo desde que sale a la plaza hasta el final.
El toro de lidia falla mucho por la vista, y por eso muchas veces desorienta al aficionado e incluso al torero. No se trata del toro que es tuerto, pues esto está bien claro cuando lo es, sino cuando el toro ve de lejos más que de cerca, o viceversa, cuando ve por abajo más que por arriba, cuando ve de un lado más que del otro. Todos estos defectos le hacen embestir de distinta manera, unas veces por el centro del capote o de la muleta, otras por la parte de fuera, otras hacia el torero, unas veces con la cara por el suelo, otras con la cabeza totalmente en el aire. Estos defectos no tienen en realidad relación con la bravura, pero si un toro los tiene es muy difícil, casi imposible, ver si es realmente bravo.
El primer signo de bravura, tal vez el más claro, lo da el toro en su galopar desde que se arranca la primera vez hasta que muere. El toro bravo, cuando se le llama la atención, debe acudir galopando, el trote es signo de mansedumbre, y al llegar al capote que no se apoye en las patas de atrás, todo su impulso debe ir hacia adelante.
Cuando vean ustedes un toro que se arranca galopando y sigue galopando hasta el final, pueden estar ustedes casi seguros de que es un toro bravo.
Hay quien afirma que "en el cuadro de la zoología el toro aparece como animal cobarde, animal mal dispuesto para la lucha, su defensa es huir siempre y cuando el medio se lo permita; acosado, cercado, se apresta al combate con las únicas armas de que dispone: las astas, y recurriendo a un mecanismo muscular fijo: el derrote". No podemos estar conformes con esto. ¿ Cómo se puede afirmar que el toro bravo es cobarde y que su defensa es huir siempre que el medio se lo permita? Sin hablar ya del toro, sino del becerro, cuando en el campo se hacen los tentaderos a acoso, que se los lleva a favor de su querencia, huye el becerro manso, pero cuando sale uno medianamente bravo, digo medianamente porque tampoco se le ve si lo es totalmente, a los cien metros del rodeo, y a veces antes, ha hecho frente y se ha montado encima del caballista que le va acosando, y. sin embargo, tiene todo el campo libre para huir. Esto, el becerro con dos años y a favor de querencia, porque al toro de cuatro años y en contra de su querencia no se le hace correr ni veinte metros.
En cuanto al derrote, he aquí el gran problema. Derrotan desde la vaca lechera hasta los bueyes, pasando por los toros totalmente mansos, pero el toro bravo derrota poquísimo, casi me atrevo a decir que nada, porque en el toro de lidia el derrote es un signo de mansedumbre. Fíjense ustedes cuando van a una corrida, si sale un toro bravo, cómo apenas derrota. Lo que hace el toro bravo es empujar con ímpetu, lo cual es totalmente distinto a derrotar. En mi larga vida de torero vi pocos toros realmente bravos, casi podría contarlos con los dedos de una mano, y a esos toros jamás les vi derrotar, porque el derrote es un instinto de defensa, mientras que la bravura es todo lo contrario: acometividad.

Es curioso que a ninguno de los elementos que han intervenido durante siglo y medio en el planeta de los toros se les haya ocurrido ocuparse en serio de la bravura del toro. Las tauromaquias de Pepe Hillo y Montes tampoco hacen el análisis de la bravura, bastante hicieron con dar en su tiempo el esbozo de las reglas del arte de torear.
En la segunda década de nuestro siglo se acercan al planeta de los toros hombres de inteligencia y cultura excepcionales, que le dedican, si no obras fundamentales para el toreo, sí algún ensayo donde podemos ver su criterio sobre el arte de torear.
Por ejemplo, Ramón Pérez de Ayala, partidario de Belmonte, en su libro Política y Toros, y José Bergamín, partidario de Gallito, en El Arte de Birlibirloque, hacen cada uno un análisis de estos dos toreros, y es curioso que estando los dos de acuerdo sobre las condiciones que reúne cada uno de ellos, lo que al uno le parecen virtudes al otro le parecen defectos; luego en lo que no están de acuerdo es en su concepción del toreo, porque como ni siquiera hacen mención del toro, el fondo y la razón del arte de torear se les escapan.
Yo, que estoy un poco de acuerdo en algunas cosas con cada uno de ellos, no lo estoy totalmente con ninguno, porque hay una diferencia fundamental en cómo ven las cosas del arte un práctico y un teórico. Y si ese arte es el del toreo, la diferencia es gigantesca; porque en pintura, por ejemplo, el artista crea el cuadro para después, y cuando lo expone ese cuadro está terminado tal como él lo ha pensado.
En la exposición el pintor es un espectador más de su obra; puede emocionarse con ella o ver los defectos que tenga, como cualquier otra persona dotada de sensibilidad para la pintura. En cambio, en el arte de torear el problema es muy distinto, el torero puede hacer con el toro todo menos verse a sí mismo. Al pintor se le admira, no cuando está haciendo el cuadro, sino cuando lo ha terminado; en cambio, el torero nos emociona y nos sobrecoge, no cuando ha terminado la faena, sino cuando la está realizando ante el toro. Después no nos queda más realidad que aquello que la imaginación del espectador ha podido retener. Por eso en materia de toros son tan difíciles las discusiones, porque al discutir sobre una faena, ésta pertenece ya al pasado. En cambio, en pintura el cuadro está ahí, para contemplarlo y discutirlo, día a día, lo mismo el teórico que el que lo pinté.
Esta es la razón de que en otras artes los teóricos puedan a veces dar ideas positivas a los muchachos que se dedican a ellas; en cambio, en toreo nada hay hecho por los teóricos que haya contribuido al mejoramiento del arte. Yo ya he explicado a ustedes que, cuando di los primeros pasos en el toreo, fue un profesional quien me dijo cómo había que andar con los toros. En los teóricos no he podido aprender nada positivo, porque de este tener que entendérselas con el toro a solas no sabe más que el torero.
Por eso no ha sido posible el progreso en el arte de torear, porque los pocos toreros que realmente han sabido lo que es el toreo no se lo han dicho a nadie: unos, porque no han querido; otros, porque no han sabido explicarlo.
Comoquiera que sea, la realidad es que no hay un tratado de tauromaquia donde los muchachos puedan aprender lo más elemental : por ejemplo, cómo tienen que coger las herramientas de torear para entendérselas con los toros. La mayoría coge el capote como cogen las lavanderas las sábanas para sacudirlas; por eso los toros, el noventa por ciento de las veces, los empujan hacia la barrera. El capote, para poder torear bien, hay que cogerlo sobre la palma de la mano: con los nudillos se podrá boxear con el toro; ahora, torear bien, de ninguna manera.
Y con la muleta pasa aproximadamente lo mismo. Para torear, lo que se dice torear, no se puede presentar la muleta al toro en el mismo plano de la recta con el cuerpo del torero, dándole a elegir al toro entre el cuerpo y la muleta. No, para poder hacer bien el arte de torear con la muleta, ésta tiene que avanzar delante del cuerpo del torero, casi tapándole, y cuando el toro venga, bien por su impulso o bien por el enganche, desviarle avanzando la pierna contraria por delante de él al mismo tiempo que se le templa. Lo que no sea esto es dejar pasar al toro, o cambiarle, pero ninguna de las dos cosas es torear.
Señores, bien entendido que digo todo esto por si un día pueden darle un consejo a un muchacho que quiera ser torero; pero el mejor consejo que pueden darle es que se dedique a otra profesión.
Hasta antes de nuestra guerra, de los hombres que quisieron ser toreros ¡a cuántos mataron los toros!, ¡a cuántos les dieron cornadas que los dejaron imposibilitados! Pues si al toro de lidia hacen que salga con su edad y su peso reglamentario, y con los pitones limpios, hoy, gracias a los hombres de ciencia y a los cirujanos, será más difícil que mueran los muchachos, pero las cornadas grandes se las darán, eso es indiscutible.
Y tienen ustedes que pensar que el hombre y la mujer van a los toros por el peligro que el toro tiene. Nadie desea, naturalmente, que le den una cornada al torero, pero en el fondo van con emoción porque saben que se la pueden dar. Si llegase un día que este peligro y, por lo tanto, esta emoción desapareciesen totalmente, todos ustedes se desentenderían de la fiesta de toros.
Pero, volviendo a la bravura del toro, es indudable que el ganadero, el torero, los aficionados, todo el mundo desea que los toros salgan más bravos, pero por ley de birlibirloque, o lo que es lo mismo, dejando las cosas al vaivén de un sistema tradicional sin eficacia.
La purificación de una raza no puede estar a merced del capricho o del instinto de un señor, por fino que lo tenga. La selección de todo animal reclama un sistema que haga posible el control de todas sus manifestaciones en relación con el fin para el que ha sido criado.
El toro bravo se cría para ser lidiado, con cuatro años, en una plaza de toros, y solamente en ella y con esa edad manifiesta su realidad. Es, por lo tanto, en la plaza donde debemos marcarle la meta que debe alcanzar para ser considerado como bravo, y solamente el que la alcance debe, después de serle perdonada la vida, ser empleado como reproductor.
Hay que tener en cuenta que hoy el público, en general, está desentendido del elemento toro, y no sabemos si al imponerse el sistema de selección en la plaza, podría interesarse por la causa fundamental de las corridas de toros, esto es: el toro y su bravura.
Para saber si el toro llega a esta meta ideal de la bravura, que el semental debe alcanzar, es necesario controlar sus embestidas al caballo, los sitios, la distancia y la forma en que lo hace, es decir, todo movimiento, bueno o malo, que el toro tenga. Esta es la razón de los dos círculos concéntricos que figuran ya en los ruedos y de los que voy a hablarles a ustedes ahora.
Yo había observado al hacer los tentaderos en las diferentes ganaderías, que ninguno de los muchachos que iban recomendados tenía idea de donde debía dejar colocada a la vaca para darle los puyazos, y muchos de los toreros tampoco lo sabían. Como en estas condiciones es muy difícil saber si una vaca es brava o no, se me ocurrió marcar en el suelo de la plaza dos rayas en vez de una para que ellos viesen claramente donde tenían que colocar a la vaca. Cuando vi que daba buen resultado, empecé a pensar que esto mismo debía hacerse en las plazas de toros, porque de los hombres que nos hemos vestido de torero pocos han sido los que han sabido poner al toro en su sitio, con pocos lances, a la hora de picar.
Cuando se implantó la raya que existía antes sola en el ruedo, fue para impedir que el picador saliese al centro del ruedo para picar, porque cuando no existía el peto el picador buscaba su defensa alejándose lo más posible de la barrera, que era donde más fácilmente podían matarle el caballo.
Con la aparición del peto la utilidad de esa raya única desaparece, porque el picador, defendido por el peto, lo que no quiere es alejarse de la barrera, donde se apoya, ofreciendo de esta forma mayor resistencia al toro.
Pero esa no es la suerte de picar, y menos cuando un hombre es buen caballista. (De los que yo he visto, ninguno que haya sido buen caballista ha querido estar pegado a la barrera para picar el toro.)
Por lo tanto, era importante para el noventa por ciento de los picadores marcarles el sitio donde tienen que ir con el caballo en la plaza, y así mismo marcarle a la mayoría de los peones, e incluso a muchos matadores, donde tienen que dejar el toro colocado para que entre al caballo. Pero esa, con ser importante, no es la razón fundamental, la causa fundamental es poder ver la bravura del toro. Porque metiendo el toro con el capote debajo del caballo no se le ve arrancarse; en cambio, dejándole a una distancia mínima de dos metros sc ve claramente si el toro se arranca y cómo lo hace.
Ahora, en mi opinión, en el ruedo de Madrid las rayas están trazadas excesivamente lejos de la barrera, he medido la distancia yo mismo, y en algunos sitios llega a ser de diez metros; en cambio, en la de Jerez de la Frontera, que es la mejor que yo he visto hasta ahora, están a seis. Para mí la perfección, después de mucho estudiar el asunto, sería marcar la primera raya a cinco metros y medio de la barrera en todas las plazas de España, tenga el ruedo el diámetro que tenga.
Pero en el trazado de las rayas yo no he intervenido directamente.
Ahora bien, no olvidemos que lo importante, lo fundamental de esta teoría, y para lo que ha sido pensada, es para poder perdonarle la vida al toro que lo merezca y dedicándole a semental, mejorar el porcentaje general de bravura del toro de lidia español.
Teniendo un poco de costumbre es muy fácil distinguir al toro bravo del que no lo es. Cuando
se duda es porque el toro no es bravo.
La bravura es instinto de ataque y no instinto de defensa. El toro bravo, como ya he dicho antes, cuando se llama su atención debe acudir galopando, y al llegar al capote no apoyarse en las patas de atrás, sino que todo su impulso debe ir hacia adelante. El toro que embiste apoyado en las patas traseras es que embiste con reservas.
En la suerte de varas no es suficiente que se arranque varias veces de lejos y con alegría, sino que debe derribar, y si no puede con el caballo, debe apoyarse totalmente sobre las patas delanteras y la cabeza, levantando al aire las patas de atrás y empinando el rabo. El público se equivoca muchas veces porque cree que el toro está empujando con los riñones, cuando lo que realmente hace es afianzarse en las patas traseras y hacer fuerza desde este apoyo, mirando con un ojo al caballo y con el otro lo que pasa en el ruedo.
Fuente: http://www.elchofre.com/

Continuará.......

miércoles, julio 27, 2011

LA BRAVURA DEL TORO (DOMINGO ORTEGA)

La bravura del toro. Capitulo 2º
No se te ocurra, muchacho, mirar al público mientras el toro está pasando por delante de tu cuerpo, porque esto es lo que hacían todos los días Charlot y Llapisera, pero eso no es el arte de torear. Cuando un hombre está compenetrado con un toro en su sensibilidad, es imposible que dé la sensación de que se está riendo de él.
Señores, bien entendido que no digo esto para molestar a nadie que lo practique hoy, sino para que puedan dar ustedes un consejo a los muchachos que quieran ser toreros mañana.
Sobre todo al muchacho que tenga un cuerpo apropiado para hacer el arte del toreo, porque naturalmente si no tiene la estatura adecuada y la longitud de los brazos necesaria para ello, tendrá que hacer lo que pueda, a base de hacerle burlas al toro mientras el toro se lo permita.
Pero éste es otro problema. Porque yo no quiero hablarles hoy del arte de torear, sino de la bravura del toro, porque de eso es de lo que hemos dependido todos los toreros. Hace muchos años que me di cuenta de ello.
Llevaba ya casi veinte años toreando, cuando un día, en una de las plazas más importantes de España, el público se metió exageradamente conmigo en el primer toro, pero en el segundo se entusiasmó y, después de darme orejas, rabo y pata, me llevaron en hombros por las calles.
Esa misma noche me dije: "Ortega, tú eras el mismo en el primer toro que en el segundo, luego la causa fundamental de tu éxito está en la bravura del toro, no solamente en lo que tú puedas haber hecho."
Entonces tomé la decisión de hacer todo lo posible para que se le perdonase la vida al toro que saliera como el segundo que me tocó a mi aquella tarde, para que el hombre que quisiera ser torero tuviera más facilidades que cuando empecé yo, y el público se emocionase con más frecuencia en las corridas de toros de hoy.
Si el torero tiene un fracaso, el noventa por ciento de las veces es debido al toro; si tiene un éxito, en la parte fundamental también es al toro al que se lo debe.
De todas formas, yo quiero desde aquí darles las gracias de todo corazón a los periodistas y a los críticos que hablaron y escribieron a favor de Domingo Ortega, porque es indiscutible que los periodistas contribuyen eficazmente a la fama del torero.
Yo sé que hay mucha gente que se mete con los periodistas, y sé también que algunos de ellos no son todo lo ecuánimes que sería de desear en su misión crítica para el bien del arte, pero yo, personalmente, puedo decirles que he encontrado entre ellos grandes amigos, hombres dignísimos, que me han demostrado un desinterés absoluto.
Como citarles a todos sería una lista demasiado larga, les nombraré a ustedes a tres críticos taurinos. Uno es mexicano, se llama Luis Gutiérrez González; este hombre, que ni siquiera me conoce personalrnente, ha publicado hace poco tiempo, cuando ya en el toreo nadie puede esperar nada de mí, uno de los artículos más importantes que sobre mí y el arte de torear se han escrito.
Los otros dos son españoles; nombraré primero a don Gregorio Corrochano. Cuando me comunicó su intención de escribir la "Tauromaquia de Domingo Ortega", le dije: "No haga usted eso, yo tengo ya muchos años, mi vida torera está más que terminada, y a nadie le puede interesar lo que se diga sobre mí."
El me contestó que creía que podía ser importante para los muchachos que quieren ser toreros que se les diga cómo deben torear. Y durante una larga temporada ha estado publicando en Blanco y Negro los artículos que constituyen la "Tauromaquia" y reproduciendo las crónicas más interesantes que me dedicó en A B C en los primeros años de mi profesión.
Dejo para el final a uno de mis más queridos amigos: Antonio Díaz-Cañabate.
Quiero volver a afirmar, aunque ya lo he dicho otras veces, que las cosas pasan siempre por algo, y en el ruedo ese algo es el toro. Imaginemos por un momento que cuando el torero espera que asome el toro por la puerta del chiquero, al abrirse ésta, apareciese otra clase de animal, el espectáculo habría cambiado totalmente, aunque el hombre siguiese siendo el mismo. Por la misma razón, si en vez de un toro bravo sale uno manso, el resultado de la corrida varía totalmente.
Si no fuera por la bravura del toro no existiría el arte del toreo, ni siquiera el de dar pases. Claro que los toros salen auténticamente bravos en una proporción insignificante.
Ya sé que hay quien sostiene, incluso en los periódicos, que el toro de hoy es más bravo que el de ayer, pero eso no es una realidad. El toro de hoy es distinto, muchos por la edad con que se lidian, y casi todos en su constitución física, porque en eso sí ha conseguido el ganadero un gran avance para el bien de la fiesta.
Hoy el toro se lidia en muchos sitios con un año menos que se lidiaba antes, y no hablemos de la cabeza: no se puede comparar la cabeza del toro de antes con la cabeza y el tipo que tiene el de hoy. Pues igual que el hombre ha mejorado la constitución física del toro, puede mejorar la bravura, porque cuando el toro sale auténticamente bravo se le ve la bravura igual que se ve si está bien constituido.
Lo que pasa es que la constitución física se le puede ver todos los días en el campo, y la bravura no se ve más que el día que el toro se lidia.
A raíz de terminarse nuestra guerra, se autorizó que se le cortasen los pitones a los toros que habían de lidiar los caballistas o rejoneadores, y de ahí, por una consecuencia degeneradora, empezaron a cortárselos también a algunos toros que tenían que matar algunos toreros. Por eso no es de extrañar que, disminuido el peligro por la mejor constitución física del toro y, en algunos casos, por el corte de pitones, haya quien crea que el toro es más bravo ahora que antes.
Para que los que no están al corriente se den cuenta del cambio que han sufrido algunas cosas en el toreo, les contaré un hecho que a mí me parece muy significativo.
El año de mi alternativa, en ocasión que paraba en el mismo hotel que yo, se presentó en mi habitación el gran rejoneador Antonio Cañero y, mientras charlábamos, me enseñó varias cornadas que le habían dado los toros.
Llamé a Dominguín para que hiciese que toreásemos juntos algún día. Efectivamente, al poco tiempo toreábamos los dos en Bilbao y vino a buscarme por la mañana para que fuésemos a ver los toros que íbamos a matar por la tarde.
Yo, pensando que él llevaba ya muchos años toreando, le dije, puesto que los rejoneadores no sorteaban, que eligiese los dos toros que tenían menos cara; pero se negó diciéndome: "No, vosotros vais a estar a pie desde que el toro salga, y yo voy a estar a caballo hasta que esté medio muerto, lo natural es que yo mate los dos toros que tienen más cabeza." Fíjense ustedes si han variado los tiempos.
Una de las causas fundamentales de que cambiase el toro tanto después de nuestra guerra es que durante ella desaparecieron casi totalmente muchas ganaderías.
Yo había comprado la mía el año treinta y cinco, tenté y retenté las vacas en Salamanca, y traje las doscientas vacas que más me habían gustado a una finca cerca de Madrid. Al acabar la guerra no quedaba ni una, y me tuve que conformar con las que había dejado en Salamanca para matarlas.
Hubo otras veintitantas ganaderías en el mismo caso, aunque a todas les quedaban algunas vacas para poder empezar a rehacerse y continuar, pero en un plan muy reducido.
A consecuencia de esta tala de la ganadería brava, y de la escasez de machos que produce, empiezan a lidiarse los toros mucho más jóvenes. También contribuye a ello el que la necesidad de ganar tierras para el cultivo hace quedar muy reducidas las fincas destinadas a los toros bravos.



La bravura del toro. Capitulo 3
 En sus buenos tiempos el duque de Veragua tenía casi la mitad de la provincia de Toledo en fincas dedicadas a sus toros. Y no hablemos de Miura, los hermanos Miura, de quienes tengo tan buenos recuerdos, y de quienes maté casi todas las corridas que lidiaron desde el año de mi alternativa hasta la guerra; ellos me regalaron el primer caballo perfectamente preparado que yo tuve para practicar la suerte de la garrocha.
También me regaló otro caballo, otro gran amigo mío, don José Mora Figueroa, en cuya casa pasé largas temporadas haciendo tentaderos a acoso, algunos días con ganado bravo y muchos con ganado manso, y allí es donde me hice garrochista, siendo la primera vez que un torero castellano se hiciese garrochista.
Pero con eso no solamente me divertí, sino que empecé a estudiar la bravura del toro y vi que esa clase de tentadero, que es muy divertida para practicarla, es negativa para calibrar la bravura.
Como prueba de ello les diré que entre los libros de mi ganadería hay uno en que figuran los resultados de los tentaderos a acoso de Parladé a finales del siglo pasado, y el resultado de esos mismos toros en las corridas, lidiados, naturalmente, con sus cinco años cumplidos, camino de los seis, a principios de nuestro siglo.
Si tomamos cincuenta de esos toros, vemos que hay veinticinco con la nota D. y M., que quiere decir desecho, malo, en el tentadero; y veinticinco cuya nota es B. y S., o sea bueno y superior. Pero el resultado de la lidia es completamente distinto:de los veinticinco primeros, sólo uno fue manso, mientras que de los otros veinticinco, que según su nota debían ser buenos y superiores, fueron mansos más del cincuenta por ciento.
Luego la bravura no se le ve de verdad al toro más que el día que se lidia, porque al toro le pasa como al hombre, y nadie sabe lo que dará de sí un niño de diez años cuando llegue a los veinticinco.
Ya dije en una junta general de ganaderos que de los doscientos y pico dueños de ganaderías bravas, eran muy pocos los que podían vender sus toros a buen precio si no les cortaban los pitones. El ganadero vive entre la espada y la pared: si no corta los pitones, no vende los toros: si los corta, la autoridad le multa, y algunas veces sin que sea él quien los ha cortado. El problema tiene muy difícil solución.
El ganadero no tiene más armas para imponerse que la bravura del toro, y al ceder ésta porque el sistema de selección que se emplea no es bueno, tuvo que atemperarse a los tiempos modernos, pues creo sinceramente que el toro de hoy es lo que es, no porque el ganadero quiera que así sea, sino que lo es a pesar del ganadero. Hasta hoy no tiene resultado más que un lado de la selección: la hembra; el macho, aunque salga bravo, muere en las plazas de toros.
El público, en general, se ha desentendido del toro y sólo ha visto si el torero ha estado bien, mal o regular, pero sin pararse a pensar que cuando ha estado bien es porque el toro le dejó estar bien, y cuando ha estado mal fue que el toro no le dejó otro camino.
En mi larga vida profesional jamás vi a un torero estar mal, dentro de su forma de torear, con un toro realmente bueno; habrá estado, eso sí, más o menos lucido según sus recursos. En cambio he visto a toreros estar bien con toros poco buenos; ahora bien, con el toro malo nadie estuvo brillante nunca.
Lo que ocurre es que hay grandes errores en esto: hay toros que parecen buenos y no lo son, y viceversa, pero esto son matices complicados de la fiesta, que es natural que no estén al alcance de todo el mundo.
El ganadero, me refiero al hombre que ha dedicado su vida a eso, ha seleccionado la hembra de muchas formas, y siempre ha dejado para criar toros a la vaca que le ha parecido más brava. El mismo sistema ha seguido con el macho, pero lo que está bien para la hembra, que no puede demostrar su bravura de otra manera, es insuficiente para el macho, que tiene un campo de acción donde demostrarla cumplidamente: la corrida.
Solamente el día que se lidia un toro, con su edad y peso reglamentarios, puede el hombre ver su auténtica realidad. ¡ Y qué pena, señores, el día que sale uno de los contados toros de bandera que se ven, dejarle morir sin que su bravura haya beneficiado en nada a la ganadería de lidia, tan necesitada de ella!
Desde los tiempos remotos en que la ganadería realizaba su propia selección natural, por ser el toro más bravo o más valiente el que cubría a la vaca por su poderío sobre los demás, se han ensayado diversas formas de selección.
El ganadero ha tentado los becerros unas veces en la plaza, otras en campo abierto, ha retentado en la plaza, los ha toreado, con lo que los inutiliza para la lidia, y naturalmente escogiendo siempre ejemplares de las mejores familias, pero nunca ha podido tener la seguridad de acertar, ni siquiera, en un cincuenta por ciento. Esta inseguridad es lógica, porque hay muy poca relación entre lo que tiene que hacer un toro en la plaza con los datos que nos puede dar un becerro de dos años en un tentadero.
Si escogiésemos el reproductor en la plaza, que es donde el toro tiene que manifestar toda su realidad, sería más fácil acertar en la bravura de los hijos, puesto que tendríamos la seguridad de lo que el padre había hecho, y no solamente la sospecha de lo que podría hacer.
Ya sé que hay unas cuantas ganaderías que dan un número relativo de toros buenos, pero esto, en relación con el número de ganaderías existentes, es un porcentaje ridículo. Lo interesante de una selección no es que de doscientas ganaderías embista un diez por ciento, lo interesante es que lo haga un ochenta por ciento.
Señores, ustedes no saben el problema que supone para los ganaderos cuando llega el momento de echar un toro a las vacas. Las veces que nos preguntamos: ¿ Qué hago? ¿ Tiento y retiento doce o catorce becerros escogidos, o elijo, sin más, uno que tenga buen origen a ver si acierto?.
Porque con el sistema de tienta y retienta puede pasar una cosa, y es estropear la cabecera de la carnada, porque todo lo que se le haga al toro en el campo es perjudicial para su lidia.
El toro es un animal inteligente, que aprende rápidamente y recuerda siempre. Ustedes habrán observado, porque es cosa notoria, que desde hace ya muchos años los toreros prefieren los toros de Salamanca a los andaluces.
La razón fundamental que da origen a esta preferencia es que el toro de Salamanca se lidia totalmente puro, mientras que en Andalucía es costumbre, que afortunadamente algunos ganaderos van ya abandonando, tentar en campo abierto toda la carnada, derribando los becerros y dándoles un par de puyazos; esto perjudica su lidia, porque es muy raro que el toro, cuando sale a la plaza, no se acuerde de lo que le hicieron.
Además, este tentadero, que es muy bello como espectáculo y como deporte, es totalmente insuficiente, porque tiene muy poco que ver un becerro de dos años, en campo abierto, con un toro de cuatro cumplidos y en una plaza de toros.
Si queremos criar un toro que a los cuatro años vaya un cierto número de veces al caballo desde un punto determinado de la plaza a otro, será más fácil conseguirlo echando a las vacas un semental al que le hayamos visto hacerlo, que si echamos un becerro que nos figuramos que lo puede hacer por los datos que le hemos visto en un tentadero, aunque sea en plaza cerrada, porque realmente tiene muy poco que ver una cosa con la otra, por muchas razones, pero daré solamente una: en el tentadero casi nadie tiene miedo, mientras que en una corrida de toros en la plaza, casi todos lo tienen. También aquí hablo por experiencia.
Al tentar una carnada de becerras lo corriente es aprobar un veinte o un veinticinco por ciento en las mejores ganaderías, y aprobar no quiere decir que sean completamente bravas. Este mismo porcentaje es el que se consigue en las camadas de machos. Si miramos hacia atrás vemos que es el mismo que se obtenía en las ganaderías hace setenta u ochenta años. ¿A qué se debe este estancamiento cuando en otras clases de ganado se ha avanzado tanto?
A mi modo de ver es debido incontestablemente a la dudosa bravura del reproductor.
Si el macho estuviese seleccionado en el campo de su realidad, que es la corrida, con todos los inconvenientes que esto supone para él, podríamos elevar este tanto por ciento a una cifra considerable.
Sabemos positivamente que si lidiásemos los toros con dos años, el número de los buenos para la lidia sería muy superior al que nos dan los toros con cuatro años. Sin embargo tentamos becerros de dos años, y hasta ahora nos hemos conformado con ello.
Respecto al comportamiento que va a tener un toro en la plaza, tampoco se pueden tomar como norma los datos que proporciona en el campo. Es indudable que el toro de lidia tiene manifestaciones externas de bravura, pero ninguna de ellas nos deja ver la realidad de su casta tal como ésta es; de aquí que nadie pueda afirmar que un toro va a ser bravo antes de haber visto su comportamiento en una plaza de toros.
Continuará......